Javier Sosa para Sapiens, @AmbientalistaE

Mucho se oye acerca de una reserva al norte de Bogotá, pero poco se sabe de su importancia y de cómo la llegamos a donde estamos. Quisiera que este mensaje alcance, sin el ruido que se le quiere imprimir al debate, al consejo Directivo de la CAR quien tiene la responsabilidad de tomar la decisión sobre la reserva Thomas van der Hammen conforme al momento histórico en que nos encontramos y que, de equivocarnos, quedar en un punto de no retorno.

Para contextualizar debo remitirme a la primera alcaldía de Enrique Peñalosa que hace 20 años coincidió con la formulación de los Planes de Ordenamiento Territorial –POT. Para ese entonces y dadas las investigaciones y conocimiento del Profesor Thomas van der Hammen sobre la sabana de Bogotá, se introdujo el concepto de Estructura Ecológica Principal –EEP, que es nada más y nada menos, que la búsqueda de una armazón que permita, espacialmente, interrelacionar las áreas de mayor importancia ambiental.

Con los años, se ha buscado mejorar el concepto, hacer un mapa nacional de EEP; la ciencia se hace así, contrastando, comparando, corrigiendo, estudiando y volviendo a corregir.  Pero, sin lugar a duda, el para qué no puede estar en tela de juicio, mucho menos minimizado según la visión de una sola administración; o a la sumatoria de parques con selección de hábitats.

Para dirimir el debate de la expansión urbana hacia el norte entre la administración del Distrito Capital y la CAR, fue necesario que el Ministerio de Ambiente convocara en 1999 un panel de expertos del más alto nivel para que con argumentos técnicos y jurídicos se concluyera que en Bogotá, se debía hacer una reserva como parte de la EEP. Así, se decidió la consolidación de un cinturón verde que conectara los cerros orientales con el río Bogotá; incluso se declaró el área contigua (más grande que la reserva), como Unidad de Planeamiento Rural -UPR, no de expansión urbana. Fueron tantas las trabas, que solo hasta finales del 2014, se llegó a la definición y concertación del Plan de Manejo Ambiental (PMA), que haría realidad la reserva decretada.

En el 2016 Peñalosa regresó a la Alcaldía, y aprovechando la revisión del POT, anunció la urbanización del norte. No solo se frenó la ejecución del PMA, sino que se revivió, con exactamente los mismos argumentos, la idea de construir hasta el borde del río Bogotá y conurbar la ciudad con los municipios vecinos de Cota y Chía. Fue hasta el 2018, que la tan anunciada propuesta de la nueva reserva de Peñalosa se dio a conocer, y finalmente supimos cómo querían cambiar las decisiones del panel de expertos y de la CAR, por un diseño con muy poco asidero técnico y elaborado por un equipo de investigadores que distaba de la experticia y reconocimiento del panel convocado por el Ministerio del Medio Ambiente en 1999.

El diseño de la mega urbanización, que pretende hacer pasa Peñalosa como la gran iniciativa sostenible para el norte, poco y nada aporta además de hacer un uso cuestionable de computadores y cifras para introducir varias posverdades. Con proyecciones de renders y manipulaciones de modelos computacionales, la alcaldía comenzó a vender la imagen comparativa de un escenario actual gris y su propuesta de reserva, haciendo parte de un norte con un verde exagerado.  Incluyeron aeropuerto, canchas de golf, vías y cementerios, e incluso zonas ya protegidas por ley como el Cerro de la Conejera; con descaro se centraron en ideas como que harían una reserva para todos, cuando lo mínimo ante semejante plan inmobiliario es disponer áreas verdes; que esa zona tenía bloqueada la movilidad de Bogotá, que proponía una reserva más grande y mejor.

No.  La reserva propuesta no es más grande. Urbanizar tampoco resolverá la crisis de movilidad ni mucho menos protegerá la sabana de nuevas urbanizaciones porque éstas ya han avanzado y son de un tipo muy diferente. Peñalosa hasta quiso hacernos creer que la reserva no tenía estudios. Es claro que nunca dijo que el área a urbanizar en el norte de Bogotá es del tamaño de Bucaramanga y que dejará apenas unos parques lineales ahogados entre una densa matriz de construcciones y vías.

La conectividad, concepto vital en la EEP y clave en nuestro mundo fragmentado y fragmentario, es mucho más que la continuidad de un “verde. Lo que la Alcaldía pretende presentar como innovador es el uso de programas de modelamiento para reducir esa conectividad a unos datos de entrada y a la asignación de valores para la vasta biodiversidad que persiste al interior y más en los bordes de Bogotá; es tan poco robusto el modelo que refleja la soberbia de una ciencia prefabricada que simplifica a su antojo y rompe con años de construcción de conocimiento y esfuerzos por una institucionalidad ambiental coherente. Es tan poco robusto lo que la Alcaldía presentó a la CAR, que en la bibliografía que citan para usar unos índices de integridad, quienes los diseñaron llaman la atención a no simplificarlos a coberturas y fue exactamente lo que hicieron.

Un ejemplo claro es la valoración de servicios ecosistémicos, donde ya hay una política y lineamientos desde el Ministerio de Ambiente. No ha valido que los mismos autores de los estudios que Peñalosa adjunta a su propuesta como línea base para urbanizar el norte, llamen la atención a la lectura descontextualizada y la manipulación de sus datos por parte de la Alcaldía; tampoco ha valido insistir en que no tiene sentido comparar la reserva declarada y con PMA (extensa y compacta), con la sumatoria de esos parques lineales de usos mixtos hasta en los pasos de fauna. La forma de una reserva es tan, o más importante que su área.

¿Cómo no habrá lugar a todo tipo de suspicacias? El alcalde que fue elegido dos veces, y perdió al menos 4 campañas más, hace con el apoyo de los constructores cálculos desbordados de demografía (cálculos ya rebatidos por el Departamento Administrativo Nacional de Estadística –DANE), para construirlo todo; incluso cuando se ha demostrado que aún hay espacio para construir al interior de Bogotá. En esa visión de ciudad diseñada donde se seleccionan desde tipos de hábitats, hasta las especies de árboles -y sus suelos se sellan con pisos sintéticos-. Esa en donde los humedales son parques con cemento, y que no ha cambiado en dos décadas; esa en la que no ha habido otra oportunidad de participar durante más de un día para la sociedad civil, donde se expusieron todo tipo de argumentos muy bien sustentados sobre todos los componentes de la propuesta.

No poder abrir un diálogo técnico y académico para aclarar, por ejemplo, cómo piensan intervenir el bosque de las Mercedes (la reliquia del norte), aumentando su área y atravesándole vías, es muy grave, pero ante todo desperdicia la posibilidad de hacer una verdadera planificación conjunta, eficiente, incluso más económica y de cara a la ciudadanía. Por el contrario, el Acalde estigmatizó desde la lectura de actores que hace en su propuesta, a quien no comparte esa visión catalogándolo de antisistema, y queriendo revivir la versión de ambientalista, fundamentalista. La veeduría lo único que pide es transparencia y debate público; saber en principio por qué no se cumple el PMA o por lo menos, por qué no se parte de esa base para lo que se quiere proponer.

La CAR no puede dar la espalda a los académicos, los científicos, los expertos ni a la ciudadanía que, además de donar los árboles que rechazó la Alcaldía, los ha sembrado en la reserva. No pueden aprobar esa propuesta sin siquiera consultar con técnicos diferentes a los que seleccionaron, o como mínimo organizar un debate público donde sean los autores del estudio, quienes respondan las preguntas y no el gerente del proyecto “Ciudad Norte” que, desde hace tiempo, no es un interlocutor o par académico válido (ha montado un gran discurso, pero obviamente no tiene las respuestas a todas las preguntas). ¿Si la propuesta es tan buena técnicamente, por qué no la exponen quienes la desarrollaron?. Revisando los requerimientos del auto que la Alcaldía respondió en tiempo record de 8 días, surgen nuevas preguntas.

Afirmar a través de esos cálculos computacionales que en su estado actual y proyectado, la reserva no conecta, es de lo más absurdo y alejado de la realidad para quienes nos dedicamos a estos temas. Reitero: este es sólo uno de sus objetivos y hay que ver la conectividad en un sentido más amplio. Lo que no ha podido conectar la Reserva Van der Hammen después de volver al debate de expansión urbana de hace 20 años, es el conocimiento con la gestión, la experiencia con las decisiones, la información diáfana y de calidad con la ciudadanía.

Lo que no ha podido conectar es la noción de vulnerabilidad en que quedaron TODAS las reservas forestales del país, gracias al lobby  político con el que se logró expedir en el 2018, una resolución poco clara mediante la cual podrán ser sustraídas y realinderadas. Es el peor ejemplo que pudimos dar en términos de ordenamiento y de construcción de una Estructura Ecológica Principal ahora impuesta y a las malas, por la reduccionista visión de ciudad de Peñalosa.

¡Ayúdanos a exigir un debate académico, abierto y coherente! No se puede seguir insistiendo en que el tema está politizado y politizarlo más, anulando al otro y quitando valor a observaciones netamente técnicas. Lo que puede conectar la reserva, si hacemos las cosas de manera conjunta, es nuestra esencia sapiens: la de cooperar a gran escala e imaginar una sostenibilidad conjunta que permita, de una vez, entender cómo la expansión humana ha abusado sistemáticamente del territorio y que estamos a tiempo de enderezar el camino y encontrar en él a los verdaderos innovadores modernos del urbanismo y el ordenamiento territorial.

No permitas que Peñalosa siga estigmatizando a quienes trabajamos por lo ambiental y hacemos ciencia. La búsqueda debe ser por construir conocimiento al servicio del bienestar común.
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